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  • Ángela Landete Arnal

LENGUAS DE FUEGO (artículo 3)


«MAMÁ, PAPÁ, ¡QUIERO UN PERRO POR NAVIDAD!»


La consabida petición en boca de muchos niños y niñas que no saben qué pedir porque, teniéndolo casi todo, se han aburrido de jugar. Asimismo, lo oímos a modo de queja por parte de vecinas, vecinos, madres… que temen que el animal que su hijo anhela se convierta en una obligación más en su extensa lista de tareas dado que, por lo general, los que sueñan con ese regalo no podrán (o no querrán) ocuparse de sus necesidades.


En este primer párrafo podemos tirar de varios hilos. Para empezar, el pequeño que jura y promete que nada le alegraría más que la compañía de una mascota real —no el Tamagotchi parlanchín dentro de una pantalla ni el adorable Furby de terciopelo— está equivocado puesto que, en la mayoría de casos, lo que le mueve es la indiferencia hacia el catálogo de juguetes del establecimiento en cuestión, premisa de la cual no es culpable ya que los padres, sin pensarlo, caemos en el error de saturar a nuestros hijos (y sé de qué hablo, que tengo tres). Aquí también podríamos desgranar si los padres son o no responsables de dicha saturación pero, si observamos con ojo crítico la estresada y estresante sociedad actual, yo optaría casi por acompañarles —acompañarnos— en el sentimiento: jornadas laborales interminables, políticas de trabajo desfavorables, campañas de marketing persuasivas y una abrumadora avalancha de anuncios televisivos.


Así las cosas, dejemos a los padres tranquilos por una vez, y volvamos a las criaturas. Una mascota de verdad llega a casa con unos requisitos insalvables. Tomemos la más común, el perro, a modo de ejemplo. Ese pequeño peludo saltarín que vemos en el escaparate ha sido previamente alimentado y aseado para lucir correctamente y encandilar la ingenua mirada del comprador; sin embargo, una vez que nos apropiamos de él, esos cuidados hay que seguir administrándolos, añadiendo —en el caso que nos ocupa— el paseo. Dos veces al día como mínimo, tres si somos espléndidos. Obviamente, son faenas para las cuales hay que contar con una determinada edad.


Quizá os preguntéis a dónde quiero ir a parar con esta perorata. Bien, quiero ir a los arcenes de las carreteras, a las bolsas de basura al pie de los contenedores, a los campos y colinas que envuelven a las ciudades y a mil lugares más donde encontramos perros y gatos sucios y malolientes, escuálidos, rastreando hambrientos en busca de una rodaja de pan duro o una manzana mohosa. Quiero ir incluso al pestilente interior de los contenedores, allí donde —encerrados dentro de una bolsa y sin escapatoria— a veces se encuentran cachorros semi asfixiados.


Señoras, señores, los animales no son un juguete ni un regalo de Navidad. Son una tremenda responsabilidad, seres con sentimientos, almas con emociones que dependen absolutamente de sus dueños. ¿Se imaginan el castigo de no poder hablar? ¿O de no poder ir al baño más que dos veces al día? No poder pedir agua si tienes sed, ni comida si tienes hambre. Vivir a la espera de que la persona que te ha comprado sea benévola y sensata. Y, aún así, nos dirigen esa mirada tierna repleta del amor natural que late en sus corazones.


Es la hora de la siesta y ella lo sabe. Pongo su manta sobre la cama para que no esparza pelos en el edredón. Me estiro y me cubro con una bata de lana porque, de lo contrario, me enfrío. Ella sube y se acomoda en su sitio; no se enrosca sino que se estira, posa la cabeza, exhala un suspiro de satisfacción y me mira fijamente. En sus preciosos ojos avellanados veo amor incondicional, agradecimiento infinito y perpetua fidelidad.




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