caída libre en un pozo

No puedo negarlo. Fui débil, me sentí víctima, me convencí de que mi realidad era una de las peores. Me costaba un mundo cuidar de la casa y de mis tres hijos; el cansancio físico me producía un cansancio mental, casi aletargamiento, con el que me resultaba harto difícil escuchar, prestar atención y entender lo que me decían. Mi hijo mayor se acercaba a mí con el afán de explicarme alguna anécdota de su jornada y no podía asimilar sus palabras; en consecuencia, le echaba de mi lado con malos modos, frustrada por no poder atenderle. Asimismo, miraba y admiraba la vida “normal” que llevaban mis amigas, sintiéndome el patito feo del grupo. Ya no podía dar caminatas, me dolían las rodillas al montar en bici, me despertaba y me levantaba cansada; ya no digo cómo me acostaba…

La situación se apoderó de mí y caí en depresión. Digamos que, hasta aquí, todo es bastante normal, incluso esperable pero un día mis pensamientos tomaron otros derroteros. Me sentía tan a disgusto con mi realidad, tan mala madre, tan inútil que un día, mientras estaba tendiendo la colada, lo vi con nitidez: mis hijos estarían mejor sin mí y mi marido quedaría liberado de la carga que supone soportar a una persona enferma si yo abandonaba este mundo.

Analicé la idea y… sentí pánico.

¿Cómo me había dejado hundir tanto?